Para comprender la razón detrás de que el sistema educativo actual no funcione es necesario remontarnos a sus orígenes, y entender así cuándo, dónde, cómo y por qué surge. Estas pistas nos indicarán qué elementos fallan en el mismo y por ende qué podemos hacer para mejorarlo.

Educación tal y como la conocemos hoy en día

Si en la primera entrada comenzábamos estableciendo el contexto histórico de la Atenas de Sócrates para comprender cómo podía llegar a ser la educación del futuro, en esta segunda parte expondremos el marco histórico de la que es – en el presente – nuestra educación.

En esta ocasión viajaremos a la Francia napoleónica y al siglo XXI en Estados Unidos, y terminaremos enumerando las medidas y puntos que podemos llevar acabo a día de hoy para mejorar nuestra educación desde hoy mismo.

Modelo educativo actual

La base del sistema educativo actual proviene del siglo XVIII en la Prusia de Federico el Grande. En 1763 se aprobó el decreto por el cual todos los ciudadanos de entre 5 y 13 o 14 años quedaban incluidos dentro de la escolarización forzosa a través de escuelas municipales y durante décadas este sistema se propagó en todo el territorio. En 1788 se implementó el Abitur – el examen final para entrar en la universidad – y para 1812 ya se había implantado en todas las escuelas.

El fin último de esta educación obligatoria era el de formar ciudadanos con las habilidades básicas necesarias en un mundo cada vez más moderno al tiempo que se imponía una ética de deber y disciplina propia de la sociedad clerical militar prusiana. Aún con esto, la degeneración que adolece al sistema no se explica sin recurrir al contexto sociocultural del momento.

La batalla que cambió el curso de la educación

Sentenciar que las tropas napoleónicas dieron forma a lo que hoy conocemos como sistema educativo en 1806 en una pequeña ciudad a 250 km de Berlín es una afirmación tan esperpéntica que cuesta aceptarla como la verdad de la que se trata.

Sin embargo una breve mirada histórica debería poner de relieve el vínculo que se generó entre la batalla de Jena y la derrota de las tropas prusianas y la deriva adoptada por el sistema educativo a partir de principios del siglo XIX.

Las campañas de Napoleón por la conquista de Europa en la primera década del siglo XIX dieron lugar a sucesivas coaliciones entre países que resistían a las tropas de ocupación y quedaban enfrentados al nuevo y pujante imperio francés. Hasta 7 coaliciones llegaron a haber antes de la derrota final de Napoleón en Waterloo. En la mayoría de ellas estaba presente Prusia, una de las cuatro potencias mundiales de los siglos XVIII y XIX. Prusia vertebraba junto a Rusia y Gran Bretaña el eje aliado que frenaba el avance francés a lo largo y ancho del viejo continente. Por este motivo, durante las campañas acometidas a principios de siglo estos países experimentaron una fuerte transformación social resultado de la ocupación francesa y el drenaje de recursos constante. Además, la máxima “cuando París estornuda, toda Europa se resfría” ilustra el grado de influencia de los galos sobre el resto de la Europa del Antiguo Régimen. Era un momento de cambio de época, que culminaría en la Primavera de los Pueblos del 48.

A Prusia le llegó su hora con la batalla de Jena. Después de sufrir una humillante derrota a manos del ejército francés y de que este avanzara hasta Berlín tomando la capital, el reino se sumió en un estado de pesimismo y auto crítica que supo plasmar a la perfección Fichte en Discursos a la nación alemana (1807). En la obra recoge los discursos pronunciados en el Berlín ocupado por Napoleón entre 1807 y 1808. En estos discursos se vislumbra ya el nacimiento del pangermanismo que acabaría llevando a Adolf Hitler a lanzar la mayor ofensiva de la historia 132 años más tarde. El filósofo veía en el criterio propio de los soldados prusianos y la insumisión a la cadena de mando una de las principales razones desencadenantes de la derrota en Jena, y creía en la educación como medio para doblegar y destruir la voluntad de la persona, para lograr obediencia ciega e incondicional. Fichte dirige parte de su crítica al sistema educativo de Federico el Grande, aduciendo que “si quieres, de algún modo, influenciarlo (al estudiante), debes hacer más que meramente hablarle; debes moldearlo, y moldearlo de tal modo que él simplemente no pueda desear otra cosa que la que tú quieres que desee”.

En los discursos trata de despertar el sentimiento nacional entre la audiencia, y propone la creación de un Estado-nación alemán a partir del Sacro Imperio Romano Germánico, liberándose de la ocupación francesa y fundando así el nuevo sueño colectivo.

La educación pública obligatoria pasó entonces por una profunda reforma en 1807 y se transmutó en un medio de adoctrinamiento estatal donde el curriculum educativo quedó estipulado, la licencia de enseñanza regulada y la examinación de los alumnos supervisada. El Estado pasaba a ser garante de la moral y el progreso a través de este nuevo brazo, que quedaba articulado en manos de las élites nobiliarias y políticas gobernantes.

Así pues, se crearon tres niveles educativos;

El Volksschulen (escuela de la gente), un primer nivel orientado al público raso, al que asistía la gran mayoría, donde aprendían obediencia, cooperación y actitudes correctas, además de literatura básica e historia oficial del Estado. Era el rango orientado a crear masas inertes y fácilmente manipulables.

El Realsschulen (escuela de verdad), un segundo nivel dirigido a constituir el aparato productivo del país. De aquí finalmente egresaban como arquitectos, ingenieros, doctores, abogados y otros profesionales asistentes a la élite administrativa.

Y por último, el Gymnasium, donde se formaban los futuros líderes, la verdadera élite que apoyándose en los técnicos acabaría gobernando a las masas sumisas y alienadas.

La movilidad entre ellas era nula, por lo que la estratificación social que había en una ciudad quedaba representada a la perfección en la estructura de las escuelas locales.

El trafe-off y la exportación

Para 1850 la tasa de alfabetización en Prusia era ya del 85%, en comparación con el 52% en Inglaterra. La escolarización forzosa contribuyó a que Alemania liderara la industrialización durante el siglo XIX.

Sin embargo, el precio a pagar fue el de una población adoctrinada y dócil, sin juicio o capacidad de reacción. Masas de mano de obra más productiva y maleable que quedaban a disposición de las nuevas élites en el poder.

Pronto, este nuevo sistema despertó el interés de otros países, como Estados Unidos o Japón, y en cuestión de décadas ya se habría extendido a lo largo de todo el globo.

Cambio de paradigma

Al ocaso del siglo XX y con la entrada del nuevo siglo XXI – tras 200 años de industrialización – algunas voces críticas con el sistema educativo comenzaron a aportar nuevas propuestas encaminadas a hacer la enseñanza más eficiente empleando las nuevas tecnologías de la información.

En un mundo cada vez más globalizado resulta casi jocoso transmitir la información de forma oral y presencial, malgastando tiempo y recursos de miles de estudiantes de forma diaria pudiéndolo hacer a través de otros muchos formatos. Y es en este punto donde retomamos el rol de Sócrates en la Atenas del siglo V a.C.

En 1993 Alison King publicó From Sage on the Stage to Guide on the Side, donde ya recomendaba el uso del tiempo lectivo presencial para la síntesis y asimilación del contenido en lugar de para su transmisión. 4 años más tarde el profesor de Harvard Eric Mazur publicaba también Peer Instruction: A User’s Manual, donde exponía un enfoque en el que la transferencia de información quedara fuera del colegio, liberando ese tiempo para su asimilación y fomentando además el debate en el aula.

Tal y como Sócrates increpaba a los atenienses y luego les tendía la mano para afianzar lo que creían saber, el profesor de la era moderna debería cumplir un papel similar, en el que pase de mostrar a cuestionar, de adoctrinar a debatir. La adquisición de contenido quedaría relegada al ámbito online, de forma que cada alumno sería responsable último de su propio aprendizaje, y más tarde, de sí mismo.

Veamos en detalle el rol de profesor y alumno:

El profesor

El profesor comienza su tarea al facilitar al alumno los medios necesarios para adquirir el conocimiento base, bien sea otorgando acceso a contenido de elaboración propia o a materia impartida por otros docentes. El rol del profesor ya no es el de “sabio en el escenario”, no importa lo que sabe – pues el contenido está a un solo click – si no cómo es capaz de guiar al estudiante durante su proceso de aprendizaje.

Una vez el profesor pone a disposición del alumno la materia que se evaluará su papel queda entonces reducido al del tábano de Atenas, que plantea diferentes situaciones prácticas y formula las incongruencias en las que el alumno incurre. El estudiante debe construir su propio dique de contención ante las réplicas que el maestro irá efectuando. El objetivo no es desmoralizarlo, si no sacar a relucir las lagunas que se han formado durante su proceso de aprendizaje autodidacta.

Una vez quedan expuestas las brechas, el docente pasa a hacer las preguntas adecuadas para que sea de nuevo el alumno quien las cierre. El maestro se convierte en el perito en partos que describía Sócrates, contribuyendo a resolver las dudas sin tomar el protagonismo.

Además el proceso de enseñanza no termina aquí, ya que el aula es un entorno colaborativo, y por tanto el maestro debe encargarse igualmente de mediar en el grupo para facilitar el networking y potenciar las habilidades interpersonales desde temprana edad, al tiempo que ejerce una función motivadora y toma el rol de mentor respecto al del discípulo, ofreciendo consejo individual siempre que así se requiera.

Y así, la imagen de profesor y alumno deja paso a la de mentor y discípulo.

El alumno

La proactividad y el autoaprendizaje no son – precisamente – estandartes del sistema educativo que hoy conocemos, y ahora que hemos visto el origen del mismo, sabrás la razón de ello. Tal y como en la Volksschulen se pretendía crear un hombre vacío, uno sin entrañas de pasado ni aspiraciones de futuro, que careciera de cualquier identidad propia; en el sistema educativo actual se ceban los rebaños del mañana, la matriz alimentaria que nutrirá a las élites extractivas.

El alumno del sistema educativo del futuro deberá empoderarse, encaramarse por encima de las circunstancias. Decía Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Así sucede con el estudiante, y no lo logrará si no responsabilizándose de su propia vida, estableciendo sus propios valores y juicios. El camino de la virtud es el del conocimiento y esa senda pasa por uno mismo de forma ineludible, por lo que el estudiante debe conocerse y valerse por sí mismo de forma temprana.

En este proceso de aprendizaje por descubrimiento se forjan las habilidades de búsqueda y síntesis que más tarde impregnarán al adulto independiente y crítico en el que quedará convertido. Además durante el tiempo compartido con los compañeros se desarrollarán las habilidades interpersonales necesarias para tejer redes fuertes y comunidades conscientes, sociedades más despiertas y atentas con los demás.

A qué esperamos

Estamos viviendo en directo el impacto directo de la crisis del COVID–19 en nuestras instituciones educativas. Probablemente la educación no volverá a ser como era antes, y todavía seguimos pensando en replicar el sistema educativo tradicional en un formato web. ¿Por qué?

Joseph Schumpeter hablaba de destrucción creativa como el motor de la renovación económica constante que se da en el capitalismo. Para que lo nuevo nazca, lo viejo debe morir. ¿Está nuestra sociedad preparada para dejar morir lo viejo?, ¿estamos preparados para pensar en cambiar la forma en la que educamos y somos educados?

Solo el tiempo lo dirá.